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¿NEOFOBIA?
30 de agosto de 2016
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Dia de los calaos, Rodezno, Rioja Alta, Agosto 2016, fotos de Alfredo Selas

Los seres humanos somos por naturaleza omnívoros, por lo tanto comemos de todo y –muy últimamente- disfrutamos en restaurantes singulares de experiencias gastronómicas, generalmente unidas al disfrute de los vinos en territorios de vinos, como es la rioja alta, donde opera exquisiterioja con sus experiencias de enoturismo con objetivos. Sin embargo, como consumidores estamos deficientemente capacitados para entender y utilizar nuestros sentidos y mucho menos todavía manejar la terminología correspondiente a la apreciación sensorial como valor irrenunciable de calidad y sentido de vida.

Sobre todo consumimos por pura necesidad biológica en primera instancia, aunque casi de inmediato salta esa irrefrenable predisposición por gustar esto o rechazar aquello. Tendremos que pensar qué hay de innato o de adquirido en tales respuestas. Desde el punto de vista de la herencia genética, cuando somos bebés apenas mostramos gustos o rechazos; y tomamos de todo, aunque está comprobado no obstante que mostramos clara apetencia por lo dulce y por las texturas cremosas-grasas; por pura razón de supervivencia. Sin embargo, también es cierto que algunos factores genéticos, conformados junto a prácticas sociales del grupo en el que nos criamos, acaban derivando en preferencias individuales por ciertas bebidas o alimentos en particular.

Si en los inicios de nuestras vidas nos acostumbramos a ingerir casi todo lo que nos dan, con los años vamos desarrollando una suerte de neofobia, o rechazo a productos de alimentación y bebidas nuevos por causas bien sea genéticas o de temor o disgusto. Si no hay motivación y firmeza parental, ya desde la más tierna infancia se fraguan personas que rechazan este alimento o esa bebida sin ninguna razón lógica. Luego, desactivar esos clichés mentales puede llevar décadas.

Para superar tales desarreglos injustificados, son preferentemente las conductas ejemplares dentro de la familia, junto a los factores sociales inducidos, los que suelen modificar y encauzar preferencias por bebidas y alimentos, generalmente dentro de los usos y costumbres propios de la cultura social del grupo al que pertenecemos. En realidad la juventud, es un período de tiempo que se gasta en una constante búsqueda de experiencias y sensaciones, a la vez que también de guía y dirección sobre qué hacer, qué elegir, qué comer o beber.

Es por ello muy aleccionador conocer esas noticias que hablan de cómo un cierto número de personas jóvenes (especialmente los llamados “Millennials”) están potenciando el consumo de vinos de calidad en clara sinergia con gustos por la gastronomía, la naturaleza y formas saludables de vida.

De seguir esta tendencia, puede que vaya revirtiendo el éxito de los refrescos de cola y las otras bebidas gasificadas, o mejor, de su mercadotecnia: cómo ya desde la niñez las personas son inducidas por padres a beberlos, habituados ellos mismos por una machacona publicidad. El encanto de lo dulce y el engaño del carbónico añadido hacen el resto. Cuando los niños se hacen mayores, suele resultar difícil que maduren igualmente sus apetencias naturales por paladear productos nuevos con sabores distintos más intensos o complejos (excepción hecha del tabaco y del alcohol de alta graduación a los que se inician por su componente transgresor). ¿Y el vino? ¿Es sólo para personas “formadas”?DSC03430Asando chorizos y morcillas en el barrio de las bodegas de Rodezno

VINO Y JUVENTUD

Quienes nos consideramos afortunados por vivir en territorios de vinos y poder disfrutarlos, nos preguntamos el por qué de esa falta de apetencia –cuando no desapego- por los vinos de parte de una juventud que por otro lado sí consume otras bebidas alcohólicas. ¿Será por esa inercia secular que relaciona vino con borrachines? ¿O quizá por todo lo contrario, cuando hoy en día se mira al vino como algo que consume gente elitista? Probablemente sea también un asunto de contestación generacional: no bebe lo mismo el hijo joven que el padre. En cualquier caso no deja de ser paradigmático que en nuestro país, productor histórico de verdaderas maravillas enológicas y donde el vino está claramente asociado a nuestra vida y costumbres, el consumo de vino en general y por parte de los jóvenes en particular, esté bajando

Probablemente practicar (como hacemos con nuestras experiencias) una pedagogía casual, divertida y constante surtiría efecto. ¿Para cuándo enseñar ya desde la escuela la metodología del análisis sensorial? ¿Y la adecuación del consumo de vinos más allá de las celebraciones o los momentos festivos o especiales? ¿Por qué no aprovechar la sinergia de nuestra riqueza gastronómica de un modo fácil y evidente?

Ser joven y vivir joven no implica que ciertos alimentos o bebidas no puedan ser perfectamente accesibles y asimilables. Hemos de perseverar para no perder lo que nos es propio: el desayuno con pan tostado y aceite de oliva virgen extra, la tapa de media mañana de tortilla española, el almuerzo con el plato caliente típico de cada región, el paseo de la tarde con unos vinos y unos pinchos, previo a una cena ligera.

¿Y el vino para la gente joven, dónde lo colocamos ya que no cuadra en una hamburguesería? No es tan difícil. Se trata simplemente de actuar, defender el valor de lo que se da en nuestras tierras como signos de identidad propios. No solo del vino. Pero en cuanto a este, sí, que se conozcan las claves de su apreciación sensorial; y luego después, asimilar su disfrute dentro de prácticas saludables alimentación y entretenimiento: viajar, conocer esos lugares donde medra la vid, donde la naturaleza es pródiga, donde se come y se beben vinos que son productos de paisajes y ambientes geoclimáticos únicos. Ergo, la rioja alta.