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VINOS, VARIABLES SOCIOLINGÜÍSTICAS Y CLASES SOCIALES
16 de agosto de 2016
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Lagar rupestre de Zabala, San Vicente de la Sonsierra, agosto 2016, fotos de Albredo Selas

Agosto 2016. El calor aprieta (en la rioja alta también) y las uvas de tempranillo y demás variedades tintas ya están en fase de envero; en algunos pagos incluso racimos enteros ya han adoptado su color negro azabache. Por eso –y para aprovechar una visita festiva al Lagar rupestre de Zabala, en San Vicente de la Sonsierra – se han vendimiado unos cuantos kilos de uva y, con motivo de Las Noches de San Lorenzo, vinos de estrellas, unas treinta personas disfrutaron realizando el pasado sábado día 14 un pisado de uvas, anticipo de la próxima cosecha 2016.DSC03402

Pero -mientras van madurando adecuadamente los racimos para la nueva vendimia- vamos a tratar  otros temas igualmente importantes.  Desde mi experiencia como sumiller profesional, y después de haber servido a todo tipo de personas (desde el mismísimo rey emérito Juan Carlos I para abajo a prácticamente todos los estratos sociales) no deja de sorprenderme cómo cada persona (incluso quienes se han dado el capricho de vivir una experiencia de Exquisiterioja en la rioja alta y por lo tanto ya tienen más criterio) decide elegir un vino para tomar en la creencia de que lo hace de acuerdo consigo misma. Pero no es exactamente así.

Expliquémonos.

Se han de tener en cuenta dos premisas para entender lo que voy a decir: una es que casi todas nuestras decisiones son tomadas por nuestro subconsciente; y la otra: cuán definitivo es el trabajo de nuestra sensorialidad a la hora de operar con esas decisiones (que necesariamente implican una percepción sensorial previa) Estudiosos sociolingüistas afirman que, igual que sucede en política o en representaciones sociales, a la hora de utilizar el lenguaje escrito en la publicidad y venta de alimentos (y del vino, por supuesto) especialmente en marketing y labores promocionales, hacerlo utilizando ciertas variables lingüísticas ayuda a remarcar conceptos de autenticidad e identidad, etc. De esa manera logran resultar más atractivos para comprar y consumir. (No nos engañemos, en el fondo lo que se pretende más allá de querer diferenciarse unas zonas con respecto de otras dentro de la DOC Rioja es precisamente esto: resaltar singularidad, identidad, especificidad)

O dicho de otra manera, utilizar un tipo de lenguaje u otro -unos términos u otros- para atraer compradores/consumidores es definitorio pues se  da una conexión entre vino-gastronomía y cultura de tal manera que, según el tipo de mensaje que se transmite, acaba remitiendo al lugar de origen del vino y al extracto social de las personas a las que se quiere llegar. Así, en el caso de las botellas de vino, hacen uso de términos que apelan a la zona o pueblo o paraje o finca o viña particular (en palabras bien grandes) o a las variedades (como originariamente hicieron en California y ya es “obligatorio” en todo el mundo vitívinícola) o a términos que hablan de los suelos o del tipo de roble (¿pero, ¡ojo! vino que ha estado en roble o roble que está en el vino?) o ¡qué se le va a hacer! escribiendo la trillada nota de cata con su correspondiente nota de maridaje-para-todo. En fin.

Cuando miramos distintas etiquetas de botellas de vino podemos encontrar todo un universo unívoco que pretende enfatizar diversos factores, cada cual más peregrino. Y digo esto porque -vamos a dejarnos de tonterías- la cosa es bien sencilla: cuanto más historiada sea la etiqueta, más probabilidades hay de que el vino no tenga historia. Ojo, siempre hay excepciones; véase el caso de algunos grandes vinos de la DOC Rioja. Pero, en general, si tomamos como ejemplo los grandes vinos bordeleses el asunto está claro; cuanto más caro es el vino, menos palabras tiene la etiqueta y apenas se ve la palabra “Burdeos”, pero sí el nombre del vino,  de la bodega.

Finalmente añado una tercera premisa que definitivamente retrata a compradores/consumidores de vinos en relación a su estatus social.  Y es que no hay engaño posible: tanto tienes, tanto te gastas en una botella de vino.  Por eso, en el restaurante, hay clientes que no toman vino; otros que piden “el vino de la casa”, otros que utilizan su inteligencia y preguntan al sumiller, o bien tienen criterio… y luego están los que van a tiro fijo de marcas de confianza conocidas (para ellos, claro) Finalmente se encuentran aquellas personas a quienes sus bolsillos les permiten elegir  igual un vino de ochenta euros que otro de doscientos cincuenta.

Bueno, lo importante es que todos los disfrutan. Y así es pues las decisiones personales, como hemos dicho, si no son subjetivas están marcadas por percepciones que generalmente son moldeadas por esas variables lingüísticas que mencionaba en el título.